Nuevo cielo

Escrito por alesgar el May 20th, 2009

El cielo es algo maravilloso, misterioso. Es el reflejo del pasado, historia contada no por libros sino por luces. Esas estrellas lucen como lucían hace decenas, centenares e incluso miles de años. Pero quién sabe que historias nos contarían si las pudiesemos ver ahora. Seguro que algunas han desaparecido, otras han crecido o se han cambiado de vestido a un tono más rojizo. El rojo es un bonito color para una estrella.

El otro día vi con sobresalto como dos mundos se acercaban el uno al otro atraídos con fuerza, cayendo a gran velocidad el uno sobre el otro. Habia vida, habia historia, habia magia en esos planetas. Si uno los miraba de cerca veia cuentos, dibujos en blanco y negro, relojes de arena, sillones orejeros, dragones, un guerrero portando una espada oxidada. Si alguien los observaba realmente de cerca veía grandes extensiones de praderas por las que correr durante vidas enteras. Árboles de muchos colores, mariposas bailarinas, magos y princesas. Una habitación, forradas sus paredes con papel de pared de cuadros verdes y sobre ellas pinturas y fotos colgadas. Papeles ligeramente desordenados y dos sillones, dos cafés calientes, un trozo de tarta y libros de misterio y fantasía. Un gran desorden ligeramente ordenado, equilibrado de alguna forma en cada uno de los mundos.

“¡Qué tragedia!”, pensé. Pero algo pasó, estaba equivocado. El destino no les acercaba para destruirse mutuamente. Se fusionaron. En el momento en el que la física dictaría una destructiva explosión de escombros, los planetas se encontraron para fundirse como dos gotas de agua, como dos pompas de jabón. Y el mundo que surgió era más grande y más vivo. Praderas verdes, mariposas, dragones, guerreros y sillones orejeros.

Pero esta vez los sillones estaban ocupados. Un sorbo de café, una sonrisa pícara. Dos mundos y solo uno.

Que bello es el cielo si se sabe dónde mirar.

Cuán diferente

Escrito por alesgar el March 23rd, 2009

Sopesó el revólver sobre su mano un instante. Mucho más pesado de lo que pueda parecer al verlo. Sonrió con desgana, abrió el cilindro en el que sólo había una bala, lo hizo girar y lo cerró de golpe. Levantó la mano y dejó que el cañón apuntara directamente a su cabeza. Y ahí, en ese mismo instante, el destino aguardó un instante de indecisión.

Es verdad, aunque pueda parecer extraño. Son suspiros que, en lo intrincado que resulta el tapiz de la realidad, pueden suponer una gran diferencia e implicar a mucha gente. Suponemos, sin saberlo siquiera, una influencia en mayor o menor medida en un montón de vidas ajenas que nos rodean sin percatarnos. Esos instantes son capaces de cambiar los rumbos de vidas enteras.

No había sido capaz de declararse y alguien se le había adelantado. Cuantas veces estuvo a punto, cuantas noches enteras en vela pensando en lo tonto que era por no decírselo, en lo feliz que podía ser. Pero el miedo al rechazo era más fuerte de lo que él podía superar con su valor, el cual se desinflaba por completo cuando la tenía delante. Cuán diferente podría haber sido todo. Cuán diferentes sus vidas. Pero fue pasando el tiempo y como dos órbitas que habían llegado casi a tocarse, el tiempo les volvió a separar. Y ahora ella estaba con otro hombre. Alguien con más valor que él.

En el marco de la historia de la humanidad puede no suponer una gran diferencia con quien estuviera ella, pero a quien le importa la historia de la humanidad cuando se habla de personas. Para él supone una diferencia fundamental, y con él su indecisión cambió la vida de mucha gente. Algunas para bien, otras para mal. Al carajo el resto de la humanidad.

Sonrió sin ganas, quizá una ultima vez. “Te quiero”, dijo. Nunca se atrevió a decirlo. Le faltó valor. Y apretó el gatillo.

Tarde de picnic con ella

Escrito por alesgar el February 17th, 2009

Son tardes improvisadas, como casi todo lo que compartimos. Pero son tan mágicas como todo lo demás. Y siempre empiezan igual. Un chapuzón en sus ojos, verdes, profundos, infinitamente bonitos. Llenos de luz, reflejan como un espejo todo aquello que miran. Me hundo en ellos, en su luz. Me pierdo y dejo que el tiempo pase. Refrescantes y cálidas a la vez, así son las zambullidas de su mirar.

Me seco. Nadar da hambre, eso dicen. Asi que hago un picnic en sus labios. Siempre guardan sonrisas para mí. Y yo sonrío y como de ellos. Me alimento de su felicidad, de su dulzura. Sus dientes son perfectos, su lengua traviesa. Paso un rato allí, disfrutando de ellos, dibujando sonrisas juntos.

Luego decido escalar su nariz. No muy pequeña, no muy grande. Tan bonita como el resto, el centro de mesa de su tez. Desde arriba observo sus pecas, la pradera de su semblante, sus cabellos rizados. Es un perfecto mirador del paisaje más bello que uno ha tenido el placer de contemplar. Tan espectacular que me deja sin aliento, sin palabras, no importa cuantas veces lo presencie.

Y bajo, bajo de allí feliz. Recorro su mejilla hasta uno de sus oídos. Le susurro que la quiero, sus mejillas se sonrosan. Sus labios sonríen cómplices, sus ojos me miran. ¡Qué felicidad! Sigo bajando, me deslizo por su cuello. Su cuello, su cuello. Dulce anhelo de poetas. Torre de marfil. Su cuello. Y corro y salto y me río. Me pierdo por su cuello, me escondo en su melena. Se pasa la tarde, el sol se rinde y se esconde. Y yo solo puedo pensar una cosa. Solo acierto a decir una cosa.
Te quiero.